Desde las azufreras del norte a un holding diversificado en agricultura, construcción y comercio, la familia Lombardi ha construido una empresa donde el trabajo duro, la unidad familiar y la capacidad de adaptación han sido clave para su crecimiento.

La historia de Empresas Lombardi comienza lejos de los invernaderos y campos productivos que hoy caracterizan su operación. Se remonta a 1923, cuando Ernesto Lombardi llegó desde Italia al norte de Chile para trabajar en las azufreras del volcán Tacora, a más de 4.900 metros de altura.

Ahí partió como pesador, luego administró la pulpería y con el tiempo asumió como administrador de la azufrera. Fue testigo –y protagonista– de una época de esfuerzo extremo, donde incluso participó en la instalación de los andariveles en los volcanes Tacora y Chupiquiña.

Años más tarde, decidió independizarse. Tras vender una de sus minas en 1952, compró un campo de 36 hectáreas en el Valle de Azapa. Sin embargo, un accidente lo dejó herido, obligando a su hijo –de 21 años– a tomar el control del negocio. Así nació Haciendas Piemonte, marcando el inicio formal de la empresa familiar.

Crecer desde cero

Décadas después, la tercera generación impulsaría un nuevo ciclo de crecimiento. Raúl Lombardi regresó a Chile en 1984, tras estudiar Ingeniería Geológica en Canadá y vivir diez años fuera, para hacerse cargo de un campo deteriorado con seis trabajadores.

“Partimos de a poco, con una hectárea de tomates y algunas plantaciones de olivos. Con el tiempo fuimos creciendo, comprando terrenos y desarrollando nuevas áreas”, recuerda Raúl. El crecimiento fue sostenido. Llegaron a consolidar más de 200 hectáreas en Azapa, con cerca de 24.000 olivos. Sin embargo, la competencia internacional –especialmente desde Perú– los obligó a reinventarse.

La respuesta fue la reconversión productiva: pasaron de los olivos a cultivos más competitivos, incorporando tecnología y apostando por hortalizas de alto valor. Hoy cuentan con cerca de 34 hectáreas de invernaderos de tomate y tres de pimiento, abasteciendo gran parte del país fuera de temporada.

“El Valle de Azapa provee durante seis meses al año productos como tomate, pimiento, pepino o zapallo italiano a todo Chile. Nosotros nos especializamos en primores, que tienen una alta demanda en la zona central”, explica.

Diversificación con sello familiar

Con el tiempo, el negocio dejó de ser solo agrícola. La incorporación de sus hermanos fue clave para diversificar y profesionalizar la empresa. Hoy, Empresas Lombardi es un grupo con presencia en múltiples áreas: producción agrícola, venta de insumos, comercialización, inmobiliaria e incluso desarrollo deportivo.

Cada hermano –son cinco en total pero uno vive en Canadá– lidera una unidad: desde la gestión de campos en Azapa y Mallarauco, hasta una de las empresas de insumos agrícolas más grandes del norte de Chile y la comercialización de productos en las principales cadenas de supermercados del país.

“Tratamos de que cada uno se haga cargo de un área específica. Eso nos permite trabajar con foco, pero al mismo tiempo tomar decisiones en conjunto”, explica Lombardi.

Esa gobernanza se refleja en un directorio familiar que se reúne mensualmente, al que se suman directores externos y una estructura de apoyo profesional en áreas financieras y administrativas.

“Nos hemos preocupado de profesionalizar la gestión. Cada empresa tiene su propio equipo, pero contamos con una estructura común que nos permite ordenar y proyectar mejor el crecimiento”, agrega.

Valores que trascienden generaciones

Más allá de los números, la familia Lombardi destaca por una cultura marcada por el trabajo, la responsabilidad y el respeto por las personas. “El trabajo duro lo inculcó nuestro abuelo y nuestro padre. Siempre nos enseñaron a hacer bien las cosas, a ser responsables y a tratar bien a los demás”, cuenta Raúl.

Ese legado se refleja también en su relación con los colaboradores. Muchos de ellos, tras años en la empresa, han emprendido sus propios negocios. “Nos enorgullece que personas que trabajaron con nosotros hoy estén haciendo bien las cosas por su cuenta”, dice.

La consigna que guía al grupo –labor omnia vincit improbus (“el trabajo duro todo lo vence”)– sigue siendo el eje de su cultura empresarial.

Nuevas generaciones y desafíos

Hoy, la cuarta generación comienza a integrarse al negocio, con jóvenes que aportan nuevas miradas en innovación, tecnología y gestión. El desafío, coinciden, es seguir creciendo sin perder el sello familiar.

A nivel productivo, los retos también son importantes. Uno de los principales es la escasez y calidad del agua en el norte, una problemática estructural que impacta directamente la agricultura del Valle de Azapa.

“Es un tema crítico. La demanda de agua supera la recarga natural del valle, lo que ha afectado la disponibilidad y calidad del recurso. Es un desafío país que requiere soluciones de largo plazo”, advierte Lombardi. A esto se suman desafíos logísticos, tecnológicos y de competitividad en un mercado cada vez más exigente.

Proyectarse en el tiempo

Con la mirada puesta en la continuidad, la familia decidió integrarse en 2016 a FEC Chile, motivados por la posibilidad de compartir experiencias con otras familias empresarias. “Nos interesa aprender de otros, ver cómo han enfrentado sus desafíos y mantener la unidad familiar. Eso es clave para proyectarse en el tiempo”, señala.

Hoy, valoran especialmente los espacios de encuentro y formación que ofrece la red, así como la posibilidad de involucrar a las nuevas generaciones.

El objetivo es claro: que Empresas Lombardi siga creciendo, pero también que su historia –marcada por el esfuerzo, la adaptación y la colaboración– continúe siendo un aporte.

“Queremos que la empresa perdure, que siga enseñando y aportando. Al final, no se trata solo de crecer, sino de hacer las cosas bien y ayudar a otros a ser mejores”, concluye Raúl Lombardi.