Liliana Parada reflexiona sobre cómo la falta de planificación sucesoria puede generar incertidumbre familiar y decisiones impuestas por ley.

Quiero compartir una reflexión a propósito de la noticia sobre el pago de aproximadamente US$190 millones en impuesto a la herencia tras el fallecimiento del expresidente Sebastián Piñera.

Más allá del monto —que sin duda es significativo—, lo que realmente me llamó la atención fue otro dato: no existía un testamento.

En este caso, los herederos forzosos contaban con los recursos necesarios para pagar el impuesto en el plazo que establece la ley. Pero la pregunta es inevitable, ¿qué pasa cuando una familia no tiene la liquidez suficiente? ¿Qué ocurre si, en medio del duelo, además deben vender activos, endeudarse o tensionar la empresa para cumplir con la ley?

Lo veo con frecuencia: se posterga el plan patrimonial, se posterga el protocolo familiar… y también se posterga el testamento. Y cuando este no existe, es la ley la que termina decidiendo por la familia.

Quiero ser muy clara en este punto: no estamos hablando solo de impuestos. Estamos hablando del impacto en la familia. De los hijos. De la tranquilidad del cónyuge. De evitar conflictos entre hermanos. De no dejar problemas financieros en el momento más difícil.

Los empresarios han construido legados admirables. Sin embargo, la pregunta es más personal: Si hoy faltara, ¿su familia estaría protegida… o estaría enfrentando incertidumbre?

La sucesión patrimonial no es un tema técnico. Es un acto de amor, de responsabilidad y de cuidado hacia quienes más quiere.

No lo sigan postergando. Ordenar la sucesión es cuidar a su familia.